Comportamiento editorial
Apuntes para el diseño


INTRODUCCIÓN

A mi entender, la disciplina del diseño –editorial en particular– carece de un corpus teórico e ideológico extendido que la sustente. Hay honrosas y hermosas excepciones, por supuesto.

Hacer y componer, una introducción a la tipografía es una de esas excepciones. Pancho Gálvez construye esta delicia de publicación que conjuga saber enciclopédico, propuesta teórica, belleza editorial y un más que evidente goce por su trabajo en el campo editorial y tipográfico. Además, reinterpreta las tradiciones para presentar un código de tratamiento del contenido que enriquece por sí mismo la experiencia lectora. [Gálvez, Francisco. Hacer y componer, una introducción a la tipografía. Ediciones Universidad Católica, 2018.]

Por lo general, dentro del rubro editorial las publicaciones se centran en aspectos más bien técnicos y, por ello, carentes de un aporte reflexivo sustancial que trascienda esa limitación. Los planteos de estas líneas no intentan más que colaborar con la reflexión sobre la actividad de diseñar, coadyuvar a definirla, no mediante un pronunciamiento categórico sobre cuál debe ser su significado y alcance, pero sí poniendo sobre la mesa una postura, algunas ideas que invitan al debate y la reflexión orientadas a la construcción de saberes. El diseño, como cualquier actividad humana –supongo–, se puede proyectar a través de distintos prismas ideológicos. Así, el ejercicio del diseño supone –a sabiendas o no– una toma de partido, un determinado tránsito y ejercicio conceptual que construye per se ideología. No concebir el diseño bajo un paraguas ideológico no lo excluye de construir y ejercer ideología; de hecho, significa avalar y engrosar el contexto tradicionalista.

Me interesa proponer un planteo discursivo orientado hacia la construcción de una postura ideológica para el diseño editorial al que definiré como comportamiento editorial. Creo sustancial hablar de comportamiento como algo que integra la disciplina del diseño como uno de sus componentes, pero que la trasciende al inscribirla dentro de un conglomerado de roles más amplio. El diseño editorial pasa a ser una parte del comportamiento editorial. Hablar de comportamiento ayudará a inscribir las definiciones que presentemos dentro de un territorio humano/cultural, y no tanto –como suele hacerse– en uno técnico e incluso instrumental. Por supuesto que habrá saberes de esta naturaleza implicados, pero no deben ser los que utilicemos para definir la disciplina o para guiar la elaboración del discurso de nuestra profesión.

El comportamiento editorial se debe orientar hacia la construcción de mundos que, si bien se soportan en lo físico, trascienden los límites objetuales e instalan –además– una manifestación cultural que, con reglas propias, cobra vida más allá del papel. Por reglas propias me refiero a que cada libro deberá autodefinir su código de comunicación e interpretación de contenidos, adaptado a la situación particular y concreta, para lo que se valdrá de recursos gráficos, tipográficos y ortotipográficos, entre otros, pero sin preocuparse por seguir sin remedio las reglas generales desarrolladas, practicadas y repetidas tradicionalmente de forma muchas veces irreflexiva, incluso automatizada, ya sea de manera parcial o total.

Descifrar estos códigos es parte de la lectura, parte del placer de leer, y reforzar esa invitación a la decodificación contextualizada en particular en cada libro supone una modalidad de apropiación individual y enriquecida del contenido: lo que más arriba llamábamos comportamiento lector.

Cabe aquí hacer una aclaración de orden conceptual más amplio (que trasciende la disciplina) influida por una orientación ideológica bajo la que entiendo las manifestaciones culturales. Tal vez en pro de una postura intelectual afincada en la búsqueda de la universalización (¿democratización?) del conocimiento, hemos orientado la práctica del diseño editorial bajo premisas globales y tradicionalistas que poco han considerado aspectos tal vez más relevantes, como podrían ser la creación de una relación más íntima, más particular entre la persona autora, el diseño y la persona lectora a través de la construcción de contenidos. Es probable que con la definición y el apego a normas generales de diseño hayamos minimizado aspectos vinculados a una participación más activa de quien lee en la construcción del acto cultural de la lectura en el sentido amplio del término. Es probable –sino seguro– que nuestros diseños hayan colaborado a formular una concepción de lectura hegemónica, universal y unificada en detrimento de la lectura individual y diversa, constructiva y participativa en sentido amplio.

En definitiva, propongo actitudes más igualitarias que incorporen, al nivel de la autoría, al de la construcción de sentido y saber, a quienes diseñamos los libros y, a su vez, a quienes los leen, para permitirles una vinculación activa y participativa. Las personas autoras, diseñadoras y lectoras construimos en sintonía y mancomunadamente el contenido del libro.


Editado por ¡Que sea para bien!

Formato: 13 x 20
Páginas: 72
ISBN: 978-9915-40-202-4
Autor: Vicente Lamónaca